El acto de brindar servicio social... más que apoyo, una responsabilidad




Conoce cómo el servicio social de estos estudiantes universitarios, ayudó a una comunidad otomí en Hidalgo.

Nantzin Saldaña

Una comunidad hidalguense otomí, integrada por unas 40 familias caleras, se vio transformada en poco más de año y medio luego de que ocho estudiantes de licenciatura a través de un proyecto de servicio social les ayudaran.

 

Planta El Botho, una realidad a partir de la colaboración universitaria

 

En junio de 2016, Alejandro y Carolina, como estudiantes de ingeniería industrial junto con Fernando, arquitecto y Antonio, ingeniero mecánico, se integraron a la fase final del proyecto que la Universidad La Salle (ULSA) desarrolló desde un año atrás, para apoyar a esta comunidad rural que producía cal viva en los patios de sus casas de forma aislada y solo aspiraban a vender su producto en bolsas de kilo en el mercado.

Como parte de la modalidad de “servicio social por proyecto” de la ULSA, un primer grupo de estudiantes detectó que en la comunidad vecina a Ixmiquilpan, las afectaciones a la salud de niños y familias se generaban por el humo que producía tener hornos prendidos 35 horas continuas en sus patios y el polvo que produce romper la piedra caliza de forma manual.

Los universitarios identificaron cuales eran las necesidades y a partir de ello propusieron una forma de solución, que fue una planta industrial, explica Jorge Hernández, coordinador de Desarrollo Social y Comunitario de la Universidad La Salle. Este proyecto se realizó bajo supervisión de maestros ya que se requiere del aval de un ingeniero titulado para validarlo. Y esta colaboración fue voluntaria, sin cobro alguno. Para lograr edificar un complejo industrial con esa suma, tuvieron que “hacer milagros” y hablar con la comunidad para explicarles lo que tenían hasta el momento, que económicamente alcanzaba para los materiales que se requerían y se sumaba a lo que ellos podían aportar como escuela, que era la asesoría técnica de alumnos y profesores. Pero faltaba la mano de obra.

Se creó una planta con seis hornos, lo que implicó una capacidad cincuenta por ciento superior a la prevista. Y que llevó a los caleros a la búsqueda de constituirse como una sociedad, para cubrir otras tantas aristas de esta industria, que hasta ahora no habían concebido al comerciar solo al menudeo y sin un conocimiento profundo de costos. Fue en una segunda etapa, que un nuevo grupo de estudiantes de servicio social se sumó al proyecto para apoyarlos con los últimos detalles de terminado de la planta y para ayudarles a la venta del producto. Para la parte de concluir la obra, concursaron en un nueva convocatoria por la que obtuvieron un recurso de 200 mil pesos más, que sirvieron para colocar el techo e implementar el sistema de extracción de calor y humo en la nave.

Así durante esos seis meses de su servicio, los universitarios visitaban cada fin de semana o quince días la comunidad que está a tres horas y media de recorrido en automóvil desde la ciudad de México, ubicada en el Alto Mezquital hidalguense. La frecuencia se agendaba de acuerdo a la disposición de los caleros, para quienes faltar a un día de trabajo para las capacitaciones impactaba en su economía. “Son personas que viven al día”, dice Alejandro.

“Nos dio mucho orgullo. Al final ellos mismos hicieron sus tarjetas de presentación como productores de cal viva al mayoreo”, recuerda el ingeniero recién egresado. Si bien la cal es un producto usado en la industria de la construcción, lo es también como insumo del sector alimentario. Hoy ya van consumidores mayoristas a comprar directo a la planta. Se están dando a conocer, en busca de una consolidación.

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Enseñanzas para la vida

 

Para el joven ingeniero, quien en diciembre de 2016 terminó su carrera, algo de lo más aleccionador en lo personal fue darse cuenta de que quien menos tiene no duda en compartir lo poco con que cuente. En el Botho, recuerda, siempre les ofrecieron y dieron de comer y beber. Además, de que fue una experiencia que le permitió un acercamiento real a la situación que se vive en el país y la cual no había palpado.

“Eso te cambia la perspectiva que tienes. Entender que no hay que ser tan egocéntricos y si un poco más humildes”, asegura Moctezuma Duclaud.       

Como parte de la experiencia profesional en la formación de los universitarios estuvo que aprendieran a dirigirse a distintos tipos de potenciales clientes. Y a entender que incluso desde su hablar debe adecuarse a cada circunstancia y teniendo sensibilidad respecto a las personas con quien buscas comunicarte. Hoy Alejandro tiene claro que “no todas las personas hablan igual que tú”.

Entre los retos que enfrentaron los universitarios fue que la mayoría de los caleros, pertenecientes a la etnia otomí, no hablaban español sino lengua hñähñú (otomí), y quienes si lo hablaban no necesariamente entendían los conceptos de la misma forma que ellos. Algunos contaban solo con educación básica, y solo dos con grado de secundaria.

“Algo que es muy obvio o lógico para nosotros, para ellos no porque no tienen esos referentes”. Hoy tengo claridad de cómo hablarle a las personas para que entiendan lo que quiero comunicar, reflexiona el joven ingeniero.

 

El reto por cumplir

 

Uno de los principales objetivos para la parte final del proyecto El Botho, era conformar a los caleros como una sociedad cooperativa que contara con un acta constitutiva. Lo que no se pudo concretar al cien por ciento. Sin duda el mayor reto y pendiente, señala Alejandro, fue toparse con las promesas de la autoridad municipal.

Los universitarios acudieron al municipio para pedir ayuda a fin de lograr constituir la cooperativa, ya que algunos trámites pueden ser costosos y solo esta autoridad puede eximirlos en apoyo a la comunidad necesitada. En inicio, el presidente municipal en turno prometió este apoyo. Pero con el cambio de gobierno, a tres meses del arranque del servicio en el mes de septiembre, todo se vino abajo.

“Entre que unos se iban y otros llegaban nadie quiso ayudar", refiere el universitario sobre la frustración que experimentó junto a su equipo.

Al tener ya una planta que produce 18 toneladas mensuales es necesario que puedan emitir facturas, recibir órdenes de compra y tener pedidos más grandes. Y ser una empresa legalmente constituida, con asambleas para tomar decisiones, es un paso que no pueden retrasar más. Lo que ya es de conocimiento de los caleros.